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Sé que me quieres

Si me preguntasen qué ha sido más duro hasta hoy en mi vida, diría que tú, cariño mío.

Recuerdo que vivía hace ocho años en un piso de alquiler en Santesteban cerca de Donamaría. Hay cosas demasiado duras para contar, así que escribiré hasta donde mi corazón pueda.

Ni demasiado joven ni demasiado mayor para tenerte, lo que pedí en un viaje por Fátima (Portugal) se iba a cumplir, me quedé embarazada de ti, fue algo que al saberlo me hizo muy feliz, pero más tu nacimiento.

Antes estaban los nueve meses de gestación, me detectaron diabetes gestacional y tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se complicase el embarazo, así que, tras todas las comidas, iba a andar, unas veces con los perros de los abuelos, otras veces sola y otras con tu padre, todo para que el azúcar estuviese estabilizado. Lo hice todo con sumo rigor hasta que las piernas comenzaron a hincharse y me tuvieron que poner insulina, así hasta el feliz nacimiento.

Recuerdo que tras devolver la anestesia me bajaron a la habitación y ahí pude comprobar lo hermoso que eras. Toda la gente me lo decía y yo orgullosa te exhibía. Recuerdo nuestros primeros contactos, te ponía entre mis rodillas tumbada en la cama y parecía como si me sonrieses. Aun no veías, pero sentías, el primer baño, el control de tu cordón umbilical hasta que se te cayó estando ya en casa.

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Nuestra recuperación

Me acabo de despertar con algo estupendo en mi cabeza y una gran sensación de bienestar y alegría. No sé si esto que me ronda e invade es algo estupendo que sucedió ayer o es un sueño.

Contaré de qué se trata… Se estaba produciendo un gran avance en la historia de las personas. Después de tiempos de un incremento atroz del terrorismo, de intolerancias y de radicalismos se imponía, por fin, el sentido común, la tolerancia, la apertura de mente, la voluntad de convivir en buenas condiciones…

Y contaré, también, la parte más personal de esto. Se impuso, en general, el respeto a la diversidad, en concreto, en lo que me repercutía directamente, la eliminación del estigma en salud mental. Ya nadie calificará a nadie de loco, con sentido peyorativo; nadie cerraría la puerta a una persona con esta problemática por el simple hecho de tenerla; nadie menospreciaría a estas personas; nadie les cuestionaría en todos los aspectos; nadie les diría que no servía para nada o que no sabían hacer nada bien; ya no habría cantidad de gente alrededor que se creería con derecho a meterse en su vida…

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A estribor

Es la mar unas soledades. Amúsicas navegan. El bote marinero advierte las olas altivas que velan la placidez de la luna, sus navajas y sus ojos galácticos. No se puede acuñar la vacía voz del dolor, es sal viva. Una excitación que llena el valle de elegías y lamentos. La olvidadiza memoria unos besos dados a la contra en estas calles desvariadas y marineras. Aquí donde todas las pasiones devienen hacia el fluir del ser a una disposición distinta y extensa. Poblada de distancias e historias inefables, que sustraen el desierto y el agua, desde una aurora inexplicable. Traen el rigor de una navegación constante. Desde un alado experimento los personajes de la epopeya oceánica se definen en vidas sencillas y desapariciones.

Las marionetas traviesas y las diligentes artes. Habitados igual a máquinas estropeadas, seres de guiñol justifican al estado central su hipocresía y a las costumbres malsanas, a la farsa faraónica que los cargos públicos ejecutan.

Por las grises calles ennegrecidos por las últimas lluvias y bajas nubes los rebeldes se esparcen por los garitos R&R y otros bares tipo garaje, donde se escuchan las músicas diversas y variadas, nostalgias del futuro. En medio de aquella tasca rugiente algunas mujeres se prueban a bailar locamente y sus insinuaciones nos alargan la noche spiritosa.

Navego y los signos que la noche abre en ésta zona del universo son ganas de vivir tras de habitar largo tiempo lo negro que se debate insomne, el antihéroe no tiene en las ojeras gangrena y las amusicas desembocan por calles flotantes en el ingente mar de otras tierras lejanas. Lamentaciones y destierros, torvas espinas, y ese silencio atroz y desconsiderado, que rompemos a base de citas y canciones, baile y sonrisas.

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Los abuelos y el Alzheimer

Como voluntario que fui, vocación que desde los 15 años tenía, porque entonces y después a la madre Teresa de Calcuta en mi corazón llevé, empecé mi voluntariado por el año 2001. Tenía tiempo libre para ello y mi enfermedad aún no había hecho su aparición en toda su extensión. Pero esto solo lo digo a modo de introducción de por qué me dediqué a estos benditos abuelos y abuelas. Este relato para mí es un homenaje lleno de amor que les trasmito desde lo más hondo de mi corazón.

Antes que nada, yo aprendí en esta labor que ser voluntariado es caminar junto a ellos y ellas, escucharles, que es lo que más necesitan en la soledad interior en la que viven, darles amor y que siempre vean una sonrisa en tu rostro.

Yo estuve con varios ancianos, pero en especial mencionaré un matrimonio de 80 años ella y 90 años él, cuando empecé. Vivían en un geriátrico y cuando me veían llegar Antonio le decía a Marcela: -mira, ahí viene nuestro amigo-, con una cara de felicidad que hacía que mi corazón saltase de alegría. Ellos no recordaban mi nombre pero sí mi rostro, y se les veía felices al verme, por lo que muchos días al despedirme y darme la vuelta para ir a casa, lágrimas rodaban desde mis ojos por ver que les dejaba un poco más felices.

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Cuando maduran los madroños

El fruto del madroño al igual que la endrina, son frutos silvestres, sabe como el melocotón y contiene muchísima azúcar, lo cual es peligroso tomar demasiados, pues puedes acabar beodo. Elijo estas fechas, en las que madura el madroño, noviembre y diciembre, para dar un repaso de lo que ha sido de mí durante este año pasado y elijo el madroño, para encabezar este relato, pues donde vivo en Sarriguren hay varios y suelo probar sus frutos.

Me miro al espejo y veo los cuarenta y nueve años reflejados en él, las arrugas pueblan mi cara, los ojos semi-cerrados, por haber visto cosas que quizá no debí ver, el pelo aunque teñido con la textura de las canas que endurecen el cabello.

Al principio todo iba bien, mis dos amigos mis gatos, de pronto comencé a dormir mal hasta que ya no dormía nada ni siquiera con las pastillas, pasé muy mal esas fechas.

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El Atleta

Juan era un joven muchacho que soñaba con llegar a lo más alto. Para ello se ejercitaba todos los días, el atletismo era su pasión. Pero también estudiaba a sus 18 años la abogacía, sacaba buenas notas, estaba contento. Tenía muchos amigos, en sus ratos de ocio salía con ellos a los bares y discotecas. Sus padres lo querían mucho y le ayudaban todo lo que podían y así pasaban el tiempo, ocupados en sus tareas.

Un día decidió doparse para mejorar en el atletismo y sacar mejores resultados en las pruebas. Así fue pasando el tiempo, hasta que un día le dio un patatús en el cuerpo y tuvo que ir al médico. Le dijo que se encontraba mal y el médico le hizo unas pruebas y le encontró sustancias nocivas para la salud. El chaval le contó la verdad sobre el dopaje y el deporte que practicaba. Como en apariencia se encontraba bien, lo envió a casa. Pero pasaron los días y las semanas y no mejoraba, hasta que un día se vio impedido corporalmente para valerse solo y tuvo que ir al médico con sus padres y allí le detectaron que tenían una enfermedad mental desconocida. Como necesitaba ayuda lo llevaron a un centro, para personas con cuidados especiales donde con el paso del tiempo se vería si se podía curar. Pero pasó el tiempo y no mejoraba, y allí esta donde vive su vida en ese centro.

• Spiderman •

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Aunque vaya por el valle de las sombras…

¡¡¡GANADOR DEL CONCURSO DE RELATOS 2016!!!

12Ya había pasado el mediodía; el sol no se dejaba ver en un cielo cargado de nubes grises que descargaban sin piedad, haciendo imposible la visión en 10 metros a la redonda. El viento convertía en ventisca la nieve que caía, azotando con cada copo de nieve al insensato viajero que atravesaba aquel valle de lágrimas.

El viento parecía cobrar vida jugueteando con los arbustos; divirtiéndose con las copas de los pinos, formando pequeños remolinos en medio de la ventisca y creando curiosas esculturas que parecían vivas.

Aquel hombre de marcado coraje, calzaba raquetas para no hundirse en la nieve, caminaba con la cabeza agachada; vestía pantalones de cuero impermeabilizados con grasa y sobre los hombros una pelliza de piel de oso cubría las abrigadas ropas de piel de ante bien curtidas. A su espalda colgaba un arco de tejo con un carcaj repleto de flechas y una espada de doble empuñadura. De su mano colgaban las cinchas de un gran corcel negro cargado con todo su equipaje.

El tiempo pasaba despacio; paso a paso, metro a metro. Sobre la nieve el resollante animal resoplaba por las fosas nasales del esfuerzo que requería el caminar hundiendo las patas en un manto blanco de dos palmos de profundidad. El viajero procuraba que su corcel no se hundiera más de lo necesario para que la buena bestia no reventase por el esfuerzo de la caminata.

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El tren de la vida

SEGUNDO CLASIFICADO DEL CONCURSO DE RELATOS 2016

11Era primavera y como en todas las estaciones del año la naturaleza nos ofrecía unos paisajes hermosos. Tintados de lindos colores que merecían pararse a contemplarlos y retenerlos en las retinas o en su caso poder hacer fotografías si llevabas el equipo adecuado para poderlo poner en el álbum de los recuerdos.

Las flores comenzaban a salir, decoraban los campos cercanos a la carretera y a la orilla del río, siendo una vista maravillosa. En los árboles, los brotes anunciaban que iban despertándose y que nacerían nuevas ramas y flores que irían abriéndose y mostrándonos todo su esplendor.

Como cada año, yo, Irene, era una niña que en mis vacaciones escolares viajaba a Asturias para ver a mi familia, a mi abuela. Esta ciudad siempre me encandiló y como se dice: era mitad Pamplonica y mitad Asturiana y no podía decidir cuál de las dos ciudades me tiraba más, así que no decidí y me quedé con mis dos hermosas ciudades.

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A través de nuestros ojos

10La luz entra a través de los pocos huecos que deja la persiana a medio cerrar, José Ramón puede sentir la suave brisa que acaricia su cara, y la tenue luz le recuerda que tiene que levantarse para ir a trabajar.

Antes de nada tiene que leer la pizarra que tiene en el pasillo, nada más salir de su habitación. Ésta es negra y de grandes dimensiones, y en ella anota todo lo que tiene que hacer en el día, para no olvidar nada, incluso las cosas más elementales, como coger las llaves, apagar las luces y dejar todo en orden.

Ha ido al baño, se ha aseado, afeitado y por último el after save. Cuando termina, se acaricia la cara, y la suavidad de su mejilla le recuerda a su madre, que haciendo el mismo gesto se lo decía cuando era pequeño, “qué cara más suave tiene mi niño. Cuando yo falte, recuerda hacerlo todos los días y así me sentirás cerca por mucho tiempo que pase”.

Sus padres siempre le recordaban que era una persona muy especial, y que esforzándose lograría todo lo que quisiera, pero que nunca, nunca, permitiese que nadie se riese de él.

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Lo que siente María

09Como todos los días, María se prepara para ir al trabajo que desde hacía poco tiempo había conseguido.

Todavía le costaba levantarse por las mañanas, pero luego, durante el día, se encontraba mejor. Las personas que eran sus compañeros eran muy majas y simpáticas; si alguna vez tenía algún problema o dudas, le ayudaban, y no les molestaba ni se quejaban. También María tenía más interés en este puesto de trabajo, porque en otros sitios donde había estado antes, muchos no le dirigían la palabra y le miraban como si fuera un bicho extraño. Ella pensaba que era porque, como tomaba algunas pastillas, le dejaban como si estuviera un poco atontada, y le costaba más tiempo realizar cualquier actividad. Parecía siempre una tortuga por lo lenta que iba.

No sabía si durante mucho tiempo iba a encontrarse tan bien como se sentía en aquel momento. Lo más importante es que había empezado a notar un cambio, pero también porque la gente que le rodeaba tenía un comportamiento más respetuoso y agradable con ella.

No sabía qué pasaría en el futuro, pero en el día a día del presente que estaba, se sentía bien y era lo mejor.

• María Montes •

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