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A través de nuestros ojos

10La luz entra a través de los pocos huecos que deja la persiana a medio cerrar, José Ramón puede sentir la suave brisa que acaricia su cara, y la tenue luz le recuerda que tiene que levantarse para ir a trabajar.

Antes de nada tiene que leer la pizarra que tiene en el pasillo, nada más salir de su habitación. Ésta es negra y de grandes dimensiones, y en ella anota todo lo que tiene que hacer en el día, para no olvidar nada, incluso las cosas más elementales, como coger las llaves, apagar las luces y dejar todo en orden.

Ha ido al baño, se ha aseado, afeitado y por último el after save. Cuando termina, se acaricia la cara, y la suavidad de su mejilla le recuerda a su madre, que haciendo el mismo gesto se lo decía cuando era pequeño, “qué cara más suave tiene mi niño. Cuando yo falte, recuerda hacerlo todos los días y así me sentirás cerca por mucho tiempo que pase”.

Sus padres siempre le recordaban que era una persona muy especial, y que esforzándose lograría todo lo que quisiera, pero que nunca, nunca, permitiese que nadie se riese de él.

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Lo que siente María

09Como todos los días, María se prepara para ir al trabajo que desde hacía poco tiempo había conseguido.

Todavía le costaba levantarse por las mañanas, pero luego, durante el día, se encontraba mejor. Las personas que eran sus compañeros eran muy majas y simpáticas; si alguna vez tenía algún problema o dudas, le ayudaban, y no les molestaba ni se quejaban. También María tenía más interés en este puesto de trabajo, porque en otros sitios donde había estado antes, muchos no le dirigían la palabra y le miraban como si fuera un bicho extraño. Ella pensaba que era porque, como tomaba algunas pastillas, le dejaban como si estuviera un poco atontada, y le costaba más tiempo realizar cualquier actividad. Parecía siempre una tortuga por lo lenta que iba.

No sabía si durante mucho tiempo iba a encontrarse tan bien como se sentía en aquel momento. Lo más importante es que había empezado a notar un cambio, pero también porque la gente que le rodeaba tenía un comportamiento más respetuoso y agradable con ella.

No sabía qué pasaría en el futuro, pero en el día a día del presente que estaba, se sentía bien y era lo mejor.

• María Montes •

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Condena a un destierro

08Todo comenzó hace seis años aproximadamente, Nacho estaba pasando una mala etapa. Hacía años que sufría una fuerte depresión, pero nadie veía que realmente le pasara nada. La familia, el trabajo, los amigos, todos decían que eran cosas suyas, pero en realidad a Nacho le ocurría algo bastante amargo y duro que le hacía sentir mal.

Empezó un ir y venir de médicos de todo tipo sin dar con lo que le pasaba en realidad, hasta que un día un doctor le dio un diagnóstico: trastorno bipolar. Todo se le cayó encima, no sabía qué hacer, por dónde tirar o cómo afrontarlo. Pasó un tribunal médico donde le dieron una incapacidad y entonces comenzaron los verdaderos problemas.

Todo ha ido de mal en peor, se metió en sí mismo sin saber qué hacer. El día a día era terrible, no quería levantarse de la cama ni salir de casa, la gente empezó a darle de lado y la familia no le apoyaba lo suficiente. Fue dando tumbos de psiquiatra en psiquiatra y de asociación en asociación, pero su malestar y su tozudez a no ver que tenía que continuar con su vida y dejarse ayudar no le dejaban avanzar.

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La medalla de Miguel

Cocina 02Tres hombres trabajan a diario en la cocina del restaurante de Jiménez. Alfredo se encarga del horno y los guisos, Marcos es el repostero y el tercero, Miguel, prepara las ensaladas y la carne a la plancha.

De vez en cuando Jiménez, el jefe, un tipo flaco de nariz aguileña, le dice a Miguel que no se olvide de partir el pan y echarlo en los cestillos, o le pide que ordene la estantería de las hortalizas, o le grita, “Miguel, deja las ensaladas y prepara dos bocadillos de lomo con pimientos”. A Miguel, en cuanto escucha la voz ronca, contundente de su jefe, le tiembla el cuchillo que tiene en la mano derecha y parte el tomate en trozos cada vez más grandes y desiguales.

—Sí, sí, ahora mismo —dice Miguel a la vez que esparce el tomate sobre los platos.— Una, dos, tres…veinte ensaladas, sí, ya están todas.

—Por tus muertos, date prisa —vuelve a vociferar el jefe.

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