El campo de los tres tréboles

¡¡¡GANADOR DEL CONCURSO DE RELATOS 2017!!!

La enfermedad apareció muy pronto, como sí los astros se hubiesen puesto de acuerdo, llegando a tomar una forma extraña, difícil de averiguar de qué se trataba, y dejando solamente una apertura muy pequeñita en la esquina de esa formación, para que entrasen y saliesen esos pensamientos, esos sentimientos, ¡SÍ…! Ese, el mundo emocional tan importante en el paso de la vida de las personas. Esa cabecita que nunca dejo que descanse.

Fui creciendo, los astros seguían ahí y después de tanto tiempo juntos, los empecé a conocer, los identificaba, aparecían en mis días, en mis noches. Eso solo era una parte a descubrir, otra parte era ponerle solución y no llegaba, así, la formación siempre estaba con esa apertura, unas veces más grande que otras. Además, tenía que contar con sus destellos. Era complicado estar cegada, no sabía lo que me querían decir, qué tenía que hacer, cómo, de qué manera. Así que muchas veces ganaban ellos, yo me quedaba apagada, disgustada, triste.

Con cinco años empecé mí etapa escolar. Y ya para entonces había vivido situaciones que irían conmigo en mi camino, y siempre que salían a relucir era como si estuviesen pasando en el momento. Otros pensamientos eran más vagos, para que tratase de olvidarlos, ya eran suficientes para esa niña tan pequeña, por lo que esa apertura no se cerraba, y pasaba…y pasaba el tiempo.

En el colegio una vez al año teníamos una revisión médica rutinaria. Al principio todo fue normalidad. Unos años después volvió el médico y fue distinto. Llegó a casa una carta, nos informaban que teníamos que acudir a una cita médica, a un psicólogo. Fue mi tía la que me llevó, aunque no le gustó la idea.

Llegamos a un edificio, tocamos al timbre y abrieron la puerta, nos hicieron pasar a una salita donde había más personas. Esperamos un tiempo y entramos a un despacho, mi tía recelosa y yo, agarrada de su mano con bastante miedo.

El médico se presentó y empezó a hacerme preguntas de mi vida, así lo recuerdo, algunas se quedaban en el aire y otras era mi tía la que las respondía.

Mi comportamiento no había pasado desapercibido: una niña ausente, en su mundo, introvertida, con muchos miedos y sobresaltos. Los profesores, conocedores de que en mi vida tenía grandes carencias, creyeron conveniente que acudiese a ese médico para poder salir de esa situación desequilibrante.

Al final de la cita, el médico me dijo: “Espera a tu tía en la salita, que enseguida va”. No era muy mayor porque mis años lo decían, pero era una niña madura para mi edad, así que pensé “algo pasa”. Sin decir nada pero con pocas ganas de irme, abrí la puerta y salí. No sé lo que pasó en ese despacho. Fui a la sala de espera, estaba en mi mundo, por fin llegó mi tía, nos abrigamos y salimos del edificio.

En el camino de vuelta hubo mucho silencio, esa misma noche mi padre y mi tía hablaron de lo ocurrido, pero solo escuche: ¡Sí, unas preguntas a la niña! Después dijo que era conveniente acudir a otras citas, asegurarse de qué pasaba en mi interior, llegar a un diagnóstico. En ese momento nadie creyó que tuviera que pasar por esa etapa, y ya no supe nada de ese médico. Lo que me quedó claro fue que este tema por parte de los adultos era mal recibido. Ya se me pasaría, mi comportamiento cambiaría y crecería como otra niña más. Trataban de convencerse de que no pasaba nada.

Hablamos de que esto ocurrió bastantes años atrás, verte con un brazo escayolado tenía que ser muy doloroso, ahora, decir que te encontrabas anímicamente mal y que ibas al psicólogo, no se veía de la misma manera. Tengo la esperanza de que siga mejorando con un modelo multidisciplinar y por nuestra parte hacer a la sociedad más conocedora para que nos traten con normalidad.

No reprocho nada a nadie. No juzgo a nadie. Era una época que no ayudaba, se hacía mucho caso al qué dirán. Se ponían excusas, se dejaba pasar, en definitiva, poner muros difíciles de escalar. Hicieron lo que pudieron, lo que creyeron (estaban atrapados). No sé lo que hubiese pasado de haber ido, si esos astros se hubiesen difuminado y con ellos la enfermedad. Pienso cómo sería mi vida ahora, pero solo me enredo en ello. Ahora estoy en otro momento, otra lucha, otra alianza y es la que importa. Yo también ocultaba, no estaba preparada para pagar un peaje muy alto si lo decía. Ahora poco a poco me voy exponiendo, aunque cuesta, estás en una montaña rusa, unas veces tienes el billete de la montaña y esa fuerza para subir con todas las consecuencias, y otras te quedas al lado de la fila mirando cómo esa montaña gira, va por sus carriles y tú no estás.

Nada cambió a mí alrededor, silencios, mentiras, ausencias, preguntas, lucha de adultos donde me colocaban en un papel complicado. Así iba creciendo, descubrí que si me preguntaban qué tal me encontraba, mi respuesta iba a ser BIEN para que no preguntasen más. No me engañaba. Era MAL, SUFRIENDO MI CORAZÓN.

No era una buena estudiante, pero saqué los cursos adelante. Fueron unos años que mí día a día los vivía angustiosos: miedo, nerviosa, mirando de un lado a otro por si veía a las figuras ausentes. Miraba por la ventana antes de salir, también en el patio del colegio, lo que resultaba un gran desgaste. A la salida de clase no había nadie en casa. Sentía soledad.

Comenzaba mi adolescencia, cambios, otro colegio, compañeros, profes. Fue positivo, estudiaba lo que me gustaba, Educación Infantil, estaba contenta y muy satisfecha de los resultados.

La enfermedad seguía a su libre albedrío, no le podía poner freno, y esas inestabilidades emocionales eran lo peor. No sabía qué herramientas utilizar, tampoco si las tenía. Cuando caminaba con la cabeza mirando al suelo solo veía asfalto, jardín, piernas de aquí para ya, zapatos de todo tipo, bancos donde se sentaban las personas “para mí sin rostro”, y una luz apagada, como si encima de mí se desplazase una nube gris que impregnaba mi camino de una luz de tristeza, un gris melancolía. Cuando caminaba, con la cabeza mirando al frente, veía a las personas en su totalidad, las veía conversar, jugar a los niño/as, ver a personas que conocía y poderlas saludar, ver vida en la calle. Y otra luz, ésta era clara, la traía la nube, al final del día me daba más positividad. Algunas veces no estaba por la labor de reconocer esto.

Con todo seguía ahí. Quería mi objetivo, salir de mi “cárcel sin rejas”. Aprender a buscar de las situaciones dolorosas algo positivo, no me gustó aprenderlo de ese modo. Pero no controlaba esa parte de la vida.

Terminados, los estudios empecé a trabajar en las escuelas infantiles, fue una gran alegría.

Un día me vi hablando de tres actividades: el deporte, cantar y el trabajo. Y descubrí cómo me mantuvieron. Por eso le voy a dar este sitio privilegiado, lo siento así, todo lo que voy a contar ahora lo merece con un GRACIAS así de grande. Estas son las tres razones Y LO QUE ME APORTARON DE BUENO EN MI VIDA:

EN EL DEPORTE: salía la tensión. Disfrutaba, vivía el momento, una respiración más liberada, sentía confianza. Jugaba y luchaba. Me sentía dentro de un grupo. Encontré siempre un deporte: atletismo, baloncesto… Así me evadía.

AL CANTAR: soñaba poder ser cantante. Me gustaba tener un micrófono y cualquier cosa valía. Me ensimismaba delante de un espejo. Me salía la voz (las espinas se iban). Inventaba, improvisaba la música y la letra de las canciones.

EN MI TRABAJO: al entrar a la escuela me olvidaba de las batallas que peleaba, estaba en el presente. Al terminar mi jornada laborar el clic volvía a activarse. Saqué el cariño que llevaba dentro y se lo di a esos peques. Me devolvieron más de lo que yo les di, lo más bonito, su amor, su complicidad, su alegría y también su llanto. Compartieron sus logros. Reconfortaba verles escuchar un cuento ensimismados. Participar en las actividades que proponía (me facilitaba la actividad). En sus dificultades estaba ahí respetando su crecimiento. Sus sonrisas. Sus abrazos y besos. Verles disfrutar de nuestras horas juntos. Cantar y terminar con aplausos y esos ¡bien! Aprender a compartir los juguetes, los turnos, tarea nada fácil. Tengo fotografías de esos momentos, así vuestro recuerdo está conmigo, fuisteis parte de mi vida y yo de las vuestras.

Sigo ahí, a ver si esa formación empieza a cerrar círculos. Lo deseo, lo añoro, lo necesito. Mirar al cielo y ver que los círculos se cierran, ES VIDA.

Me pregunto: ¿será una cura cerrar esos círculos? Soy libre de hacerlo. Anímate, con confianza y siempre con sujeción que cuando haya una caída al vacío, que la habrá, puedas salir de ahí. El miedo va a estar ahí, unas veces me paralizará y otras será el que me avise de las tierras movedizas. Pisa tierra firme, hasta donde llegues estará bien.

• Abadía •

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *