La medalla de Miguel

Cocina 02Tres hombres trabajan a diario en la cocina del restaurante de Jiménez. Alfredo se encarga del horno y los guisos, Marcos es el repostero y el tercero, Miguel, prepara las ensaladas y la carne a la plancha.

De vez en cuando Jiménez, el jefe, un tipo flaco de nariz aguileña, le dice a Miguel que no se olvide de partir el pan y echarlo en los cestillos, o le pide que ordene la estantería de las hortalizas, o le grita, “Miguel, deja las ensaladas y prepara dos bocadillos de lomo con pimientos”. A Miguel, en cuanto escucha la voz ronca, contundente de su jefe, le tiembla el cuchillo que tiene en la mano derecha y parte el tomate en trozos cada vez más grandes y desiguales.

—Sí, sí, ahora mismo —dice Miguel a la vez que esparce el tomate sobre los platos.— Una, dos, tres…veinte ensaladas, sí, ya están todas.

—Por tus muertos, date prisa —vuelve a vociferar el jefe.

Miguel se lleva a los labios una medalla rectangular de oro que cuelga en su pecho y la besa.

—Venga, venga.

Entonces el cocinero va de un lado a otro e intenta que sus pasos sean largos pero sus piernas pesadas no avanzan tanto como quisiera. Después coge una barra de pan, dos latas de pimientos, tres filetes de lomo de la nevera y todo lo amontona sobre sus brazos y corre hacia la plancha con tan mala suerte que tropieza con la pata de la mesa de las ensaladas y toda la torre de comida que lleva sobre sus brazos se desparrama por el suelo. Miguel, que sabe que no hay tiempo que perder, dobla sus rodillas hinchadas por la medicación y, poco a poco, recoge todos los ingredientes.

—¡El bocadillo, Miguel, el bocadillo!

El jefe empieza a tamborilear con los dedos de ambas manos sobre una encimera metálica. Miguel, de rodillas, deja sobre la mesa de las ensaladas la lata de pimientos, la barra de pan y los filetes de lomo y antes de ponerse en pie, toma la medalla entre sus dedos y dice en voz baja, “mi querida Cristina, ¿te has hecho daño?, ya sabes que soy un poco torpe pero te voy a demostrar que puedo realizar este trabajo”. Después centra la medalla en su pecho.

Mientras tanto Alfredo y Marcos se mueven de un lado a otro de la cocina como dos caballos desbocados y así, enseguida, la plancha empieza a echar humo y el olor a lomo con pimientos se esparce por toda la cocina. En menos de un par de minutos ellos le dan al jefe el bocadillo que le había pedido a Miguel.

—Bien, chicos, buen trabajo y tú, Miguel, date vida con las ensaladas si no quieres perder el trabajo y todo eso no lo quiero ver ahí cuando vuelva —dice el jefe que señala hacia la fregadera repleta de sartenes y cacerolas, antes de salir de la cocina.

Entonces Alfredo bosteza y Marcos estira los brazos.

—Tengo hambre —dice Alfredo a la vez que empieza a dar vueltas por la cocina, —está sucia —señala la plancha, —bueno hoy le toca a otro.

—Sí, a otro —dice Marcos.

Miguel, en ese momento, está abriendo una lata de atún y apenas mira a sus compañeros de trabajo durante una milésima de segundo.

—¡Qué asco!

Alfredo remueve con el tenedor una masa gelatinosa, amarillenta que está dentro de una cacerola.

—Bueno nosotros no lo vamos a frotar.

Miguel esparce el atún sobre los veinte platos e intenta no prestar mucha atención a todo lo que comentan sus compañeros de trabajo ya que no quiere liarse con otras cosas y así se vuelve a asegurar de que ha echado el tomate y el atún en todos los platos.

—¿Qué tal van las ensaladas? —pregunta Alfredo.

—Veinte, ya están casi preparadas —dice Miguel a la vez que empieza a contarlas de nuevo.

—Voy a pillar una.

—Están contadas, veinte, los clientes van a llegar enseguida y además todavía falta la cebolla y las olivas.

—Tienes tiempo para preparar otra.

—Y ésta para mí.

Marcos le quita un plato, Alfredo otro y Miguel les dice que no las pueden coger ya que entonces faltan dos ensaladas y los clientes están a punto de llegar pero ellos se mofan, se retuercen de la risa como dos serpientes venenosas. Miguel, que bien sabe que el tiempo es oro, intenta quitárselas de las manos pero sus pies patinan y entonces se agarra a una encimera con una mano y con la otra sujeta con fuerza la medalla con tan mala suerte que le da un tirón y cae en uno de los platos de las ensaladas.

—La medalla, Cristina, ¡ay Cristina!

—¿Una medalla?, ¿es de oro o de plata? Ensalada con sabor a oro, los clientes van a flipar.

Alfredo remueve la lechuga y el tomate de la ensalada en la que ha caído la medalla.

—¡ Por Dios! No le hagas daño.

—Delicioso, señores, delicioso, un plato exquisito.

Alfredo y Marcos se desternillan de la risa pero Miguel, que nunca ha permitido que se rían de la medalla, le quita el tenedor a Alfredo.

—Está loco, ya te dije que estaba loco.

—La medalla, es mi medalla.

Miguel, en cuanto tiene la medalla entre sus manos, la limpia con un pañuelo de papel y le da mil besos, después se la mete en el bolsillo del mandil con sumo cuidado como si fuera una figura de cristal frágil. Luego se asegura de que todos los ingredientes están en las ensaladas, vierte los que faltan y prepara dos más hasta que de nuevo las tiene listas, veinte en total.

Al cabo de unos minutos Jiménez regresa a la cocina justo en el momento en el que Alfredo y Marcos están sentados, sin prestar atención a su trabajo.

—Ya están las ensaladas, las veinte ensaladas —dice Miguel.

—Así me gusta, Miguel, que estés en lo que hay que estar, y vosotros moved el culo si no os queréis quedar en un par de horas sin trabajo.

El jefe le da una palmadita en la espalda a Miguel quién mete la mano derecha en el bolsillo, toca la superficie lisa de la medalla con las yemas de sus dedos y sonríe. Mientras tanto Jiménez maldice a los trabajadores vagos y poco después, en cuanto el jefe sale de nuevo de la cocina, Marcos y Alfredo juran que el loco va a tener su merecido.

A partir de la una del mediodía los cocineros trabajan para dar el servicio de las comidas. Miguel prepara los bocadillos con cierto retraso ya que sus compañeros de trabajo, en más de una ocasión, cogen el bote de pimientos y lo dejan en la estantería de las hortalizas o esconden las barras de pan detrás del cubo de la basura. Así que Jiménez, harto de que Miguel de vueltas y vueltas por la cocina, de que se tropiece y de que se le caigan los platos, le dice que no pierda el tiempo y que se centre en su trabajo, que en caso contrario tiene todos los boletos para irse a la calle. Mientras tanto, como Alfredo y Marcos están entretenidos en otras cosas, los guisos huelen a quemado y los clientes tienen que esperar los postres. Así que Jiménez se enfada con ellos dos hasta el punto que les ordena que preparen unas chuletas a la plancha, que saquen del horno el pollo asado y que se den vida con las cuajadas y las natillas. Entonces, por primera vez, Miguel elabora los bocadillos que le pide su jefe a tiempo.

—Buen trabajo, Miguel, ya te puedes ir por que hoy van a fregar estos holgazanes —dice el jefe con su voz grave, contundente una vez que ha acabado el servicio de comidas.

Entonces Miguel solo tiene ganas de coger la medalla entre sus manos, en forma de cuenco, y dar unos pasitos hacia delante y hacia atrás como si estuviera bailando un bolero. De hecho está tan animado que también le quiere demostrar a Cristina que puede fregar, ayudar a sus compañeros y así se lo hace saber a su jefe a pesar de que le tiemblan las piernas, los brazos, todo el cuerpo debido al intenso trabajo y esfuerzo.

—Si tú vas a fregar entonces voy a tener que prescindir de uno de ellos.

Miguel niega con la cabeza y toca con las yemas de sus dedos la medalla que parece que vibra cuando Jiménez dictamina que tres cocineros son demasiados en su cocina. Así que decide dar por finalizada su etapa en dicho trabajo.

—Ya ves que puedo ser cocinero, querida, ¿en qué te gustaría que trabajara a partir de ahora? —le pregunta Miguel a Cristina al cabo de unos minutos mientras pasea por las calles de la ciudad, —de momento te voy a comprar unas rosas rojas, tus preferidas.

• Mari Bern •

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2 pensamientos sobre “La medalla de Miguel”

  1. Precioso. Muy realista y veraz. Yo también conozco un poco de refilón el negocio de la hostelería y es así de estresante. Además, de bien descrito, está genialmente escrito.

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