No te mueras hoy… muérete mañana

Callejón 01Era una mañana soleada y fría, empecé a caminar y de pronto se movió un viento muy fuerte y frío, todo cambió en poco tiempo.

El viento trajo nubarrones muy oscuros oscureciéndolo todo enseguida. Eché un vistazo alrededor y vi gente por la calle que antes no había visto, todos parecían fantasmas bajo la lluvia, caminaban con la cabeza baja bajo el temporal, no hablaban, iban a lo suyo, no se detenían y se guarecían como podían del aguacero. En ese momento se oyó el ruido de un motor acercándose rápido y un automóvil apareció por la esquina y se detuvo a mi lado: dos hombres ataviados con gabardinas y sombreros grises de fieltro bajaron del vehículo por las puertas de atrás. Se movieron con una rapidez inusual hacia mí.

Uno de ellos dijo:

–Disculpe un momento por favor, ¿podría ver su documentación?

¡No tenía documentación! Seguro me detendrían, así que eché a correr y desaparecí por la esquina más cercana. Tenía drogas encima pensé, así que si me cogían iba a ser detenido; corrí como alma que lleva el diablo. Pensaba: (indocumentado y con drogas) si me cogían iba a parar encerrado, tenía que escapar, los dos corrieron tras de mí, doblando la esquina. El vehículo también arrancó chirriando las ruedas y tras de mí salió rápidamente dando la vuelta. Corría todo lo rápido que podía, tirando por el suelo todos los cubos de basura que veía. Mis perseguidores cayeron y eso me dio tiempo de saltar una maya metálica que cruzaba el callejón. Tuve suerte, ya que al caer al otro lado vi que el coche no podía circular por el callejón porqué era peatonal y poco transitado. Seguí corriendo hasta que desaparecí otra vez por la esquina: se oyeron dos detonaciones y saltaron esquirlas de ladrillo al impactar las balas contra la pared. «Uf, por poco», pensé, y asomé la cabeza para mirar. Los dos hombres habían desistido de saltar la malla y corrían con las armas en la mano, corrían rápido, seguramente hacia donde estaba el vehículo. Sabía que continuarían con mi persecución, así que miré a mi alrededor buscando un sitio donde poder esconderme. Vi cubos de basura, papeles tirados por el suelo que se movían de un lado a otro azotados por el viento, vi una escalera con una valla metálica a media altura y para mi sorpresa había una ventana abierta al callejón. Rápidamente apoyándome en la pared me encaramé a la baranda de metal y saltando quedé colgado del alfeizar; levanté a pulso mi cuerpo, y así caí casi de cabeza sobre el suelo de la habitación. En un momento me moví por todo el piso, estaba vacío, pero todo funcionaba perfectamente: frigorífico, televisión, cadena musical y todo. Había varias habitaciones con camas y encima estaban hechas, Parecían estar ahí para que yo las usara. Pensé en mis perseguidores y con cuidado de no ser visto miré hacia fuera por la ventana. Me cercioré de que no había nadie y tiré de la persiana dejándola bajada casi del todo. Todavía asustado dejé caer el cuerpo y quedé sentado en el suelo apoyado en la pared. Antes de nada, pensando que alguien pudiera venir, me dispuse a prepararme un pico de heroína, lo preparé enseguida y me lo metí. Más tranquilo, di un par de vueltas por la casa.

En el frigorífico encontré, además de comida, cerveza, y bebí una lata sentado en el suelo al lado de la ventana por si venía alguien. Pasaba el tiempo y no venía nadie, me sentí más tranquilo. Me moví un poco por el piso y descubrí una habitación con una cama y provista de un baño que estaba enfrente de la cama, tenía una puerta corredera. Vi también que la ventana daba al callejón y bajé la persiana casi por completo. Cogí otra cerveza y empecé a beber otra vez sentado en el suelo junto a la ventana. Mientras bebía escuché ruidos que provenían del callejón. Con cuidado, me acerqué a la ventana y mire a través de las rendijas de la persiana. Los hombres de sombrero gris y gabardina estaban peinando la zona, esta vez eran tres, seguramente habían aparcado el coche y miraban por todas partes.

Sin hacer ruido les veía mirarlo todo, cómo removían todo pero sin darse cuenta de la ventana. Al final desistieron de la búsqueda después de mirar por la escalera de la verja y desaparecieron por la esquina. Más tranquilo decidí hacerme otro pico, esta vez con una punta de coca, sentí el subidón y seguí bebiendo. ¡Dios Mío qué bien me sentía! y luego dicen que las drogas son malas. La verdad es que se me quitaron los dolores enseguida –joder –parecía un milagro. Pero lo cierto es que te enganchas y acabas muriendo joven por sobredosis o de una enfermedad infecciosa: pensé para mí. Me moví un poco más por el piso, ya habían pasado horas desde que entré y no venía nadie, así que nuevamente me sentí más tranquilo. Pensé en salir un poco. No se oía nada en el callejón. Se me ocurrió que el sitio me podría servir en adelante para descansar si seguía teniendo necesidad de él.

Con cuidado me asomé por las rendijas, vi que no había nadie y pensé en salir dejando la persiana medio bajada y las contraventanas como si estuvieran cerradas, utilizando un cartón, que una vez fuera coloqué debajo lo suficientemente fuerte para que quedaran cerradas, y de manera que desde fuera empujando un poco vencieran y pudiera entrar si tenía necesidad de volver. Estuve paseando por los callejones, teniendo cuidado al principio, y más confiado más tarde. Parecía que los hombres del vehículo no estaban. No se veía gente y me animé a salir a la avenida central, ahí sí que se veía gente andando. Me metí entre ellos y vi que andaban como idiotas, algunos chocaban contra la pared, rebotaban, se alejaban y volvían una y otra vez a hacer lo mismo. Otros andaban y al ponerme a su paso vi que tenían el iris de los ojos completamente negros, no reaccionaban a mi voz, ni a mis señas. En seguida vi que no podía comunicarme con ellos. Seguí andando y vi muchas personas famélicas, vestidas pero desarregladas, parecía que llevaban mucho tiempo así, aparecían desmalladas en el suelo con un líquido negro y espeso que les salía por la boca y por las narices. Parecía que las personas afectadas se abandonaban deambulando, sin comer, sin hablar, sin comprar, sin conducir. Simplemente andaban hasta morir por inanición. Anduve un rato más por la ciudad preguntándome el porqué de ésta situación. ¿Porqué ellos estaban así y yo no? Me preguntaba esto cuando al final de la avenida vi aparecer el vehículo. Desaparecí por la esquina sin saber si me habían visto o no. Tras la esquina esperé a ver, el coche no se detuvo y siguió hacia delante. «Tendré que tener cuidado», pensé, más valía que estuviese cerca de mi escondite por si acaso, en esto, vi una máquina expendedora de golosinas y cosas de esas, llevaba monedas sueltas que me sirvieron para comprar dos Kit-Kat y dos Mars. Tenía hambre, no había comido nada desde que me había levantado y ya empezaba a oscurecer. Oí ruidos y rápidamente me parapeté detrás de unos cartones. –¡Joder!, los hombres de gris. Estaban tan cerca que me daba miedo hasta respirar. Les oí hablar en un idioma que yo no entendía, no sonaba ni a inglés ni francés, ni castellano. Eran sonidos más guturales; como con muchas consonantes y con sonidos que parecían salir de la garganta directamente. Tuve suerte y pasaron de largo, y cuando uno de ellos pegó una patada a la caja de cartón de al lado de la que yo me escondía casi me desmayo. Seguí allí tratando de llegar sin ser visto hasta mi ventana. Al no escuchar más ruidos me asomé un poco para ver. ¡Dios santo! no había nadie. Reconocí el sitio, no estaba lejos de la ventana; desde aquí veía la valla de la escalera por donde había entrado al piso. Rápidamente con los Kit-Kat y los Mars en los bolsillos corrí lo más deprisa que pude, me encaramé a la valla, y literalmente me tiré de cabeza al interior: enseguida vi que estaba vacía y eso contribuyó otra vez a que me quedara más tranquilo. Las pulsaciones de mi corazón bajaron poco apoco, relajándome apoyando la espalda en la pared. Después anduve por el piso redescubriendo lo que antes había visto, tenía baño en la habitación –Jesús–, había hasta mueble-bar, lo abrí y –genial, una botella de whisky–, y además estaba entera, la cogí, estaba en el salón junto a la tele, había también cadena de música, sofá. Tenía de todo pero me daba miedo utilizar las cosas por si alguien me viera u oyera. Volví junto a la ventana, me senté y di un trago largo a la botella. Realmente lo necesitaba, necesitaba relajarme, Entre trago y trago iba dando cuenta de los dulces. Más sosegado decidí preparar otro pico, heroína para encarar la noche, bien cargado para dormir a gusto. Entraba luz por la ventana, era la luz de las farolas, miré y vi que había anochecido. Pensaba en ver la televisión, pero no me atreví a encenderla; me daban miedo los hombres de gris, tanto que no me atrevía ni a encender la luz. Decidí tomarme un par de sedantes, cogí la botella de whisky y me fui a la habitación que estaba provista de baño, con la intención de acostarme. Bajé la persiana, (siempre mirando si había alguien en el callejón); con cuidado hasta dejar la habitación oscura, pero dejando unas rendijas por las que entrara algo de luz y así poder moverme por la habitación sin tropezarme con las cosas. Me quité la gabardina y la dejé en una silla, me quite las deportivas de color caqui y me acosté con la botella en la mano. Di unos empellones a la botella. El alcohol y todo lo demás estaba haciendo efecto, pensaba que no vendría nadie a juzgar por lo que había visto en la calle, me fui relajando poco a poco hasta que me entro sueño, poco a poco me estaba quedando dormido, pero era un sueño intranquilo. Sin darme cuenta daba vueltas en la cama, tenía calor y en una de esas vueltas quedé boca arriba, y no sé si dormido o despierto o en un estado de vigilia, (o sea que ni dormido ni despierto). Empecé a sentir frío, un frío interior que empezaba por los pies y lentamente subía por todo el cuerpo. Necesitaba ir al baño y me sentía completamente helado, no sé si dormido o despierto me levanté a orinar. Tenía todo el cuerpo helado, pero no sé cómo me obedecían las piernas, sentía las piernas duras como piedras y totalmente frías, en ese estado no sabía cómo podía siquiera andar. Oriné y volví a la cama con la sensación de que era un sueño, pero era terrorífico; me preguntaba si de puro helado se me pararía el corazón y de miedo y angustia daba vueltas en la cama y me rodeaba el pecho con los brazos (no sé si duermo o no). Pensaba que las drogas y el alcohol me habían sentado mal, pero por otro lado parecía muy real –¿Qué estaba pasando? Seguía teniendo un sueño inquieto, en la penumbra veía toda la habitación, era como estar despierto, pero realmente, sin saber si lo estaba o no. ¿Dormía?, ¿dormitaba?; no lo sabía. Miraba al techo y un cambio de luz atrajo mi atención. No sabía qué pasaba, veía arañas, como sombras de arañas grandes como puños que se dejaban caer del techo con un hilo como de tela de araña, muerto de pánico quería moverme, despertarme si es que estaba dormido. Las arañas bajaban por todas partes, correteaban por el suelo, por la cama, por encima de mí. Ni podía moverme, temía que me picaran, vi una rata salir corriendo del retrete. En el callejón seguía la búsqueda, hacían mucho ruido, hablando, gritando. Estaba acosado desde dentro y desde fuera, no podía moverme, no podía ser real, pero lo parecía. Pude mover un brazo, por fin, pude levantarme y fui a orinar, sombras de bichos por todos lados, evacué y no sé cómo pude dominar el pánico, y despacio volví a la cama donde oía a los de fuera. Veía resplandores a través de las rejillas, se dejaron de oír gritos y en su lugar se oían ruidos de tormenta. Tenía miedo de que los bichos me picaran, de que me royeran hasta los huesos. Se dejaron de oír gritos y se empezaron a oír ruidos. Veía arañas correteando por encima de las ropas que cubrían mi cuerpo, tarántulas, otras de patas finas con un abdomen muy voluminoso. Sabía que eran ponzoñosas, estaba muerto de miedo; cuando una de ellas se paseaba por mi brazo izquierdo, no sé cómo, pero lo hice, aun paralizado por el miedo, la aplasté con la mano derecha y al contrario de lo que pensaba no sentí nada, ni dolor, ni frío ni calor. Quería moverme, pero no podía hacerlo ¡NO PODÍA MOVERME! Mientras luchaba por hacerlo, algo captó mi atención en el baño, otra sombra, una rata otra vez que correteó por el suelo. ¡Todo estaba lleno de bichos! y no sabía por qué –duermo, no duermo, estoy despierto, no lo sé–. Ahora se oían las voces de los hombres de gris, el ruido que hacían al buscarme. Subían y bajaban las escaleras. Tuve que reprimir un grito, no podía moverme, tenía miedo de las alimañas, miedo de que me envenenaran, de que me devoraran vivo. Afuera tormenta. Se oía el ruido de las gotas de agua romper contra la persiana, grandes truenos y, se veían grandes resplandores. ¡Un momento!, una sombra se perfilaba donde la ventana la sombra de un hombre fuerte, con la cabeza afeitada y la de un perro grande con orejas tiesas y en punta. El perro enseñaba los dientes lo veo a través de las rendijas. Veo sus colmillos, tiene las fauces abiertas y en un momento se abalanza sobre mí. No puedo soportarlo más, me siento desfallecer, –todo se vuelve negro. ¡No puedo ver, ni moverme¡ algo hace – (plic) en mi cabeza. ¡Muerto, dormido, en coma, no lo sé!

–¡PLIC!

Me despierto, doy un brinco en la cama, reprimo un grito. Realmente me despierto aterrado, con sudor frío y no sé si lo de ayer fue real o no. Veo que estoy solo, todo está bien. No hay señal de lo de ayer. Miro por las rendijas, todo está en silencio. Parece que todo fue un sueño, voy a orinar y al hacerlo veo dos bolas rojas en la taza, cómo mocos apegados. ¿Alguien dejó su tarjeta de visita? Desconcertado miro por la ventana. Había sido una larga noche, después de todo estoy vivo y eso es lo que importa. Me voy a meter un pico

–… Y LAS RUEDAS GIRAN

• Metal Frío •

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